Nada me relaja más que escuchar, sentir, las armoniosas composiciones de Vivaldi. Sus Cuatro Estaciones rompen el silencio reinante dentro de la biblioteca, y que sólo es ocasionalmente interrumpido por el chisporroteo de la madera seca quemándose en el hogar. El oscilar del fuego provoca que se proyecten sombras que hacen jugar a mi imaginación. Sombras que se asemejan a los personajes de cada uno de los libros, quienes han cobrado vida para bailar sobre las paredes. Sentado en mi sillón, veo como afuera el viento sopla con furia y agita las ramas de un viejo sauce que mora en el patio interno, junto al aljibe. Tan viejo es este habitante, que se dice que por no derribarlo, la casa se construyó alrededor de él.
Sobre la puerta, las manecillas del reloj marcan que se acerca la medianoche. Comienza a llover al tiempo que el viento se hace mas fuerte y las ramas del sauce rozan en la ventana, como manos que intentaran abrirla sin saber como.
Tomo mi escopeta y continúo con mi labor de limpiarla. De hecho, sólo me resta por terminar de armarla.
A metro y medio de mí ubicación, se encuentra mi esposa. Mi querida esposa, quien tiene los ojos fijos en mí. Luce tan linda y encantadora como cuando nos conocimos. Pero con el tiempo algo ha ido cambiando. Con el correr de los años se ha vuelto más fría y distante. ¿Será que se nos acabó el amor, como un fuego que se apaga? Tan fogosa y caliente en un principio, pero al final quedaron cenizas nada más. Cenizas de un amor que se murió.
Los relámpagos iluminan el cielo y el agitado sauce toma un aspecto fantasmal cuando veo su silueta recortada contra las nubes brevemente fulgúreas.
Termino de armar la escopeta y la apoyo sobre la mesa a mi lado y mientras miro a mi esposa me pregunto que pasó. Mi mente crea decenas de hipótesis, pero solo hay una que explique el motivo de lo que me dijo esta noche. Aún estábamos cenando cuando me miró fijo a los ojos y pronunció aquellas palabras. ¿Dejarme? Sin mediar ninguna explicación o por qué alguno, subió a la habitación y se dispuso a hacer las valijas. Pese a mi insistencia, no quiso darme explicación alguna. Me serví un vaso de whiskey en la biblioteca y me senté en el sillón. Minutos después ella estaba ahí, parada bajo el dintel de la puerta con su valija. La apoyó sobre el suelo, y su único adiós fue una lágrima que rodaba por su mejilla. Se me acercó unos pasos. Yo estaba parado, con el vaso en la mano, frente a un escritorio de roble. Sobre éste se encuentra el exhibidor donde guardo las armas. No se si por furia o por miedo a quedar solo, tome la escopeta y sin dudarlo apreté el gatillo. Sabía que estaba cargado, ya que es el que uso cuando salgo a cazar, cosa que hago todas las semanas. De forma casi inmediata, su abdomen comenzó teñirse de rojo y un grito ahogado intentó escapar de su boca.
En la planta baja suenan las campanas del reloj, anunciando que ya es medianoche, cosa que corroboro al ver el reloj de la biblioteca. No tiene sentido que me demore aun mas. Me descalzo el pie derecho, y apoyando la escopeta sobre el suelo, busco el gatillo con los dedos del pie. Lo encuentro. Cierro los ojos. Y cumplo con la promesa que le hice. “Hasta que la muerte nos separe, querida”.
| Cementerio de San Agustín, Florida, USA |
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