Las luces que se cuelan desde las calles principales proyectan sobre pisos y paredes las más fantasmagóricas sombras. A uno y otro lado del callejón se elevan las frías paredes de los edificios que lo encierran. En medio de la oscuridad veo brillar los ojos de una rata que observa mi andar. El intenso frío reinante en el ambiente y las primeras gotas de lluvia me recuerdan que estamos en invierno, y me obligan a buscar refugio dentro de mi sobretodo.
A uno y otro extremo del callejón el paisaje es muy distinto. Se ve la gente pasar caminando, gran cantidad de autos que se desplazan de lado a lado. Pero aquí solo hay silencio, frio, soledad. Si tan solo una luz se colase por una ventana o por un balcón, pero no lo hay. El callejón está revestido únicamente por los ladrillos desnudos de los edificios que se alzan varios metros por sobre la calle. Siete, ocho, tal vez nueve pisos por sobre mi cabeza. Llego a mitad del callejón y me detengo. Miro a un lado. Miro al otro. A duras penas puedo divisar las siluetas de las bolsas de basura que, a falta de espacio en el contenedor, se esparcen por el suelo a su lado. Avanzo unos pasos más y pateo una lata que se encontraba tirada en el piso. Esto espantó a la rata que me observaba. La escucho chillar mientras se esconde entre las bolsas. Las gotas de agua que comenzaron a caer mientras entraba al callejón, se transformaron ahora en el inicio de un aguacero. El repiqueteo de la lluvia sobre la calle y sobre unas chapas tiradas a un costado se vuelve ensordecedor. Acelero mi paso. Quiero salir del callejón y llegar a casa de una buena vez. Pero no puedo. Siento como soy arrojado contra una pared. Mi rostro golpea contra los ásperos ladrillos. Siento sangre en mi boca. Intento darme vuelta. Una presión en mi espalda me lo impide. No puedo ver nada. Solo escuchar una voz. El ruido de la lluvia no me deja escuchar que dice. Pero poco importa. Siento un ardor en la garganta. La presión en mi espalda desaparece. Es lo único que me mantenía en pie. Caigo sin fuerzas al piso. Me cuesta respirar. Levanto mis manos llevándolas a mi garganta. Bajo la mirada y las veo cubiertas de sangre. Trato de arrastrarme por el suelo, pero mis fuerzas me abandonan. Trato de gritar. Imposible emitir sonido alguno, más que un débil e imperceptible quejido. Caigo sobre mi espalda y siento la lluvia golpear mi rostro. Pero cada vez menos. Finalmente como si se tratase de una mala película, veo todo lo que pasa pero sin poder actuar.
A uno y otro extremo del callejón el paisaje es muy distinto. Se ve la gente pasar caminando, gran cantidad de autos que se desplazan de lado a lado. Pero aquí solo hay silencio, frio, soledad. Si tan solo una luz se colase por una ventana o por un balcón, pero no lo hay. El callejón está revestido únicamente por los ladrillos desnudos de los edificios que se alzan varios metros por sobre la calle. Siete, ocho, tal vez nueve pisos por sobre mi cabeza. Llego a mitad del callejón y me detengo. Miro a un lado. Miro al otro. A duras penas puedo divisar las siluetas de las bolsas de basura que, a falta de espacio en el contenedor, se esparcen por el suelo a su lado. Avanzo unos pasos más y pateo una lata que se encontraba tirada en el piso. Esto espantó a la rata que me observaba. La escucho chillar mientras se esconde entre las bolsas. Las gotas de agua que comenzaron a caer mientras entraba al callejón, se transformaron ahora en el inicio de un aguacero. El repiqueteo de la lluvia sobre la calle y sobre unas chapas tiradas a un costado se vuelve ensordecedor. Acelero mi paso. Quiero salir del callejón y llegar a casa de una buena vez. Pero no puedo. Siento como soy arrojado contra una pared. Mi rostro golpea contra los ásperos ladrillos. Siento sangre en mi boca. Intento darme vuelta. Una presión en mi espalda me lo impide. No puedo ver nada. Solo escuchar una voz. El ruido de la lluvia no me deja escuchar que dice. Pero poco importa. Siento un ardor en la garganta. La presión en mi espalda desaparece. Es lo único que me mantenía en pie. Caigo sin fuerzas al piso. Me cuesta respirar. Levanto mis manos llevándolas a mi garganta. Bajo la mirada y las veo cubiertas de sangre. Trato de arrastrarme por el suelo, pero mis fuerzas me abandonan. Trato de gritar. Imposible emitir sonido alguno, más que un débil e imperceptible quejido. Caigo sobre mi espalda y siento la lluvia golpear mi rostro. Pero cada vez menos. Finalmente como si se tratase de una mala película, veo todo lo que pasa pero sin poder actuar.
Ya no siento la lluvia. Tampoco siento el ardor en mi garganta. Y hasta olvido el frío que debería sentir por pasar horas bajo la lluvia en esta noche de invierno. ¿Estoy muriendo? ¿Por qué me pasó esto? Es un error pienso, se equivocaron de persona. Trato de moverme y no puedo. Solo puedo respirar. ¿O no? ¿Estoy respirando? Debo estarlo, o caso contrario estaría muerto. La oscuridad del callejón no me deja ver mucho, y desde mi posición lo único para ver son las paredes de los edificios. Si, deben tener 8 pisos.
El tiempo pasa y nadie me ayuda. ¿Acaso no pueden verme? Si tan solo pudiera gritar, pedir auxilio. La lluvia ya paró y me doy cuenta que las calles están desiertas. Ya no se escucha la gente pasar. Los motores de los automóviles se silenciaron completamente. Es como si el mundo entero se hubiese detenido. Hasta que lo oigo. Un grito agudo. No veo de donde viene, solo escucho pasos presurosos alejándose. ¡No te vayas! Necesito tu ayuda… Inútil, no puede oírme.
Escucho más pasos. Esta vez se acercan, aunque lentamente. ¡Por Dios! ¿Por qué no se apuran? ¿Están esperando que muera? Alguien se detiene a mi lado. Veo luces de linternas moverse junto a mí. Una de ellas ilumina brevemente a la persona que se arrodilla a mi lado. Aunque no puedo verle la cara, puedo ver su gorra de policía. Se levanta nuevamente y escucho como aleja a las personas que se reunieron en el callejón. Escucho murmullos. Veo linternas desplazarse de un lado a otro. Pero nadie se acerca a ayudarme. Pocos minutos después una sirena rompe el silencio de la noche. Por fin alguien que me ayude. Escucho pasos presurosos y alguien que apoya una caja en el piso. Veo a dos enfermeros inclinados sobre mí. Me observan. Uno de ellos se aleja un instante mientras el otro se queda conversando con el policía. Inmediatamente el primer enfermero vuelve y extiende una manta sobre mí. ¡No hagan esto, no estoy muerto!
¿O si lo estoy?
Pero puedo escuchar y ver y… no respiro.
Llevo varios días en la morgue. ¿Qué más van a hacer conmigo? No puedo soportarlo. Vi a mi familia llorar ante mis ojos mientras oía sus gritos desgarradores. Luego vino la autopsia, y la espera y… ¿y ahora qué? La camilla se mueve. Me llevan por los fríos pasillos de la morgue y finalmente me suben a una ambulancia.
Otra camilla. Otra habitación. “Bueno, veamos qué puedo hacer para disimular esto”. Es la primera vez que alguien me habla desde aquel desafortunado evento del callejón. Vestido con un delantal verde, un hombre se acerca a mi munido de aguja e hilo. Lo acerca a mi cuello. No siento nada. “Ahora un poco de maquillaje” dice más tarde mientras corta el hilo. Se acerca a mi rostro y comienza a maquillarme. Le toma bastante tiempo, pero al final hace una mueca de satisfacción al verme. Debo haber quedado bien, lástima que no pueda verme.
Ya estoy en el cajón. La gente pasa frente a mí. Mi familia, mis amigos, mis vecinos, incluso gente que no conocía pasó a verme. A medida que la gente va pasando me doy cuenta que mi visión comienza a deteriorarse. Veo nublado, las imágenes comienzan a oscurecerse. Incluso ya no oigo igual que antes. Los llantos se escuchan cada vez más lejanos. Fue bueno verlos a todos por última vez, aun cuando no pudiera despedirme de ellos.
Apenas distingo un ligero resplandor que se apaga rápidamente. Deben haber cerrado el cajón. Todo terminó.
Me despierto. La luz me deja cegado por unos instantes. No veo donde estoy. Solo veo luz por todos lados. Tardo varios minutos en acostumbrarme a ese resplandor, pero cuando finalmente logro hacerlo solo puedo ver que no sé dónde estoy. Simplemente estoy flotando y solo veo esa luz blanca que parece provenir de todos lados. No sé por qué pero siento la necesidad de desplazarme. No debo hacer ningún esfuerzo, apenas lo pensé ya me encontraba trasladándome a toda velocidad. Me dirijo hacia un punto oscuro delante de mí. Se hace cada vez más grande. Puedo pasar por él. Me detengo un instante observándolo. Lo atravieso y ahora siento que estoy donde tenía que estar, donde me esperaban. Siento un suave calor que me envuelve y vuelvo a desplazarme, pero esta vez siento que me están llevando. De a poco la oscuridad se transforma en una luz mucho más tenue que la anterior, más agradable. Sin poder evitarlo, mis ojos se cierran y caigo en un profundo sueño. Imagino que al despertar ya tendré tiempo de conocer lo que será mi nuevo hogar.
Ser después de ser
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