Miro a través de la estrecha ventanilla como el Sol comienza a asomar por entre las nubes. Las azafatas se preparan para repartir el desayuno entre los pasajeros. Hablan entre ellas, distendidas, riendo. Una de ellas se dirige al fondo cuando la aeronave comienza a sacudirse violentamente provocando que la azafata trastabille y caiga sobre uno de los asientos vacíos. La voz del capitán anuncia que estamos ingresando en una tormenta y que en breve la dejaremos detrás, al tiempo que se enciende la señal de permanecer con el cinturón de seguridad ajustado. Las tres azafatas toman sus lugares y, a pesar de estar el avión sometido a los caprichos de la tormenta, permanecen completamente en calma. Entre los pasajeros, en cambio, se observan diferentes actitudes. Algunos simplemente se acomodan en sus asientos para continuar rindiendo homenaje al dios Morfeo. Otros maldicen el tener que permanecer atados a sus asientos cual esclavos. Otros permanecen disfrutando el espectáculo que se observa por las ventanillas, donde se puede ver las negras nubes iluminadas por los rayos. El resto, permanece sentado, obedeciendo las indicaciones, pero sin poder disimular en sus rostros el deseo de estar lejos de aquí.
Al cabo de dos horas de haber ingresado a la tormenta las nubes comienzan a disiparse y el viaje vuelve a ser tranquilo, relajado y sin sobresaltos. Situación ideal para que Morfeo sume mas adeptos. Las caras de preocupación comienzan a desvanecerse. Todas excepto una. Un hombre de traje negro continúa con una expresión de terror dibujada en su rostro. Una de las azafatas se acerca a él y le dice algo. A continuación se dirige al centro de la aeronave y reaparece con un vaso con agua en una mano y una pastilla en la otra. Con un gesto de agradecimiento, el hombre ingiere la pastilla.
Ya nos encontramos a medio camino. El sol ingresa fuertemente a través de las pocas ventanillas que se encuentran abiertas en el lado izquierdo de la aeronave. Una azafata pasa a mi lado e intento detenerla con la intención de pedirle un vaso con agua. Ignorando mi gesto continúa velozmente su andar hacia la parte trasera desapareciendo detrás de las cortinas.
Me encuentro absorto en mis pensamientos, mirando a través de la ventanilla, cuando una fuerte voz me devuelve al interior de la aeronave. El hombre del traje negro se encuentra parado al frente, mientras que la azafata que previamente pasara a mi lado sale de entre las cortinas y se queda allí parada. Ambos, fuertemente armados, anuncian que han tomado el mando. Ya otra de las azafatas se encuentra ingresando a la cabina de los pilotos. La tercera, quien parece no tener relación con ellos, es obligada a sentarse entre los pasajeros, sumergida en medio de una crisis de nervios.
Ha pasado una hora y el avión pareciera estar volando en círculos. En cada vuelta que realizamos veo como la tormenta que habíamos dejado detrás se acerca a gran velocidad.Al cabo de pocos minutos, nos encontramos nuevamente entre las negras nubes, soportando la furia de la naturaleza embistiendo con mas fuerza que antes. Un rayo golpea sobre el ala izquierda haciendo que esta se ilumine por completo durante unos instantes.
El hombre del traje negro se comunica por gestos con las azafatas y en sus rostros se puede adivinar decepción. El hombre se acerca hacia mi asiento justo en el momento en que un segundo rayo golpea el motor bajo el ala izquierda. Una fuerte explosión sacude a la aeronave. Las mascarillas de emergencia caen sobre los pasajeros y el avión comienza a caer pesadamente describiendo una espiral a medida que desciende. Tanto el hombre del traje negro como las azafatas y algunos pocos pasajeros que no tenían el cinturón de seguridad ajustado son lanzados a uno y otro lado sin poder sujetarse. De repente, un ruido ensordecedor, semejante a una explosión, deja un zumbido en mis oídos. Al mismo tiempo la nave detiene de manera abrupta su caída. Miro por la ventanilla. Aún no llegamos al suelo, estamos suspendidos en el aire. Un calor sofocante invade el ambiente. Se escucha el rechinar de los metales, como si algo estuviese estrujando la aeronave. Algunos pasajeros están fijos a sus asientos, sorprendidos, sin entender lo que sucede. Otros pocos aprovecha la situación y se lanzan sobre los secuestradores y, al cabo de unos segundos, los tienen inmovilizados, atados contra unos asientos. El hombre del traje negro se encuentra inconsciente con una herida en su cabeza.
Un ligero murmullo comienza a escucharse por todos los rincones de la aeronave al tiempo que cada vez más pasajeros miran por las ventanillas en busca de entender lo que sucede. Miles de metros aún nos separan del suelo selvático. A través de la puerta abierta de la cabina puedo observar a la tripulación tratando de establecer contacto. Todos los equipos parecen estar muertos. La preocupación invade los rostros de la tripulación propagándose al resto de los pasajeros. De repente, la temperatura desciende transformando el calor sofocante en un frío que llega hasta los huesos. El chirrear de los metales aumenta y lentamente comenzamos a descender. Al cabo de unos minutos, y cuando estamos por llegar al suelo, una fuerte luz cubre cada rincón.
"Asi, es. Hemos encontrado al vuelo 1387 de Aerolíneas TransAmérica. La aeronave se encontraba en muy mal estado, pero por suerte no hemos sufrido ninguna víctima." dice el responsable de la búsqueda a los medios, ocultando el hecho de haber encontrado la aeronave sin una de sus alas, aplastada como si una mano gigante la hubiera estrujado y con todas sus salidas soldadas como si hubieran sido selladas por un soplete.
Camiones del ejercito retiran los restos manteniendo el mas absoluto de los silencios, mientras un grupo de gente revisa lo sucedido con el pasajero faltante, el pasajero 17.
Ha pasado ya un mes del accidente del vuelo 1387. A pesar del intento de los medios e investigadores de conocer los detalles de lo sucedido, se ha catalogado la causa como secreto militar y toda evidencia de lo acontecido se encuentra bajo custodia en una base de la fuerza aérea. En cuanto al pasajero 17, se niega su existencia. "Jamás llegó a abordar", según los máximos responsables de la aerolínea. "Nunca hubo un pasajero 17", según los investigadores que dependen de la milicia. Mientras tanto, yo sigo sin saber donde estoy, resignado a que nieguen mi existencia, sin saber como dejé de ser el pasajero 17
No hay comentarios:
Publicar un comentario