Camino por el borde del precipicio. Miro hacia abajo y veo como las olas se estrellan contra las rocas formando esa típica espuma blanquecina. El cielo se encuentra apenas cubierto por un par de solitarias nubes que de a poco van desapareciendo en el cada vez más diáfano cielo azul. Me alejo unos metros del borde y luego avanzo a toda velocidad hacia el precipicio. A pocos centímetros del borde, despliego las alas y comienzo a planear. Siento como una sensación difícil de explicar me llena desde adentro, como si brotara desde mi frágil y delicado corazón. El viento se desliza por mi cuerpo agitando las plumas. Doy unos suaves aleteos para tomar más velocidad. De repente el cielo se vuelve más azul. El mar se tiñe de un verde azulado mas intenso que de costumbre. Se hace más penetrante el salado aroma marítimo.
Miro hacia abajo y veo a lo lejos las rocas cubiertas por las olas que intentan romperlas. Me dirijo hacia allí descendiendo en círculos y, justo antes de estrellarme contra las rocas, con un ágil movimiento cambio de dirección, y ahora me encuentro sobrevolando la orilla a escasa altura, casi rozando la superficie del mar con mis alas. Al romper las olas lanzan al aire pequeñas gotas que se estrellan contra mi cuerpo. Sigo con este vuelo por unos minutos antes de elevarme con majestuosidad hacia el cielo. Vuelo cada vez más alto hasta que apenas distingo la orilla del mar.
Miro hacia abajo y veo a lo lejos las rocas cubiertas por las olas que intentan romperlas. Me dirijo hacia allí descendiendo en círculos y, justo antes de estrellarme contra las rocas, con un ágil movimiento cambio de dirección, y ahora me encuentro sobrevolando la orilla a escasa altura, casi rozando la superficie del mar con mis alas. Al romper las olas lanzan al aire pequeñas gotas que se estrellan contra mi cuerpo. Sigo con este vuelo por unos minutos antes de elevarme con majestuosidad hacia el cielo. Vuelo cada vez más alto hasta que apenas distingo la orilla del mar.
No puedo explicar lo que siento. Nunca antes disfruté tanto del vuelo. Nunca antes me sentí tan vivo. Y eso me da tristeza.
Miro hacia el horizonte, allí donde el cielo y el mar se unen mezclando sus colores. Doy un vuelo fugaz por la costa y luego enfilo hacia alta mar. El acantilado se va empequeñeciendo hasta pasar a ser solo una fina línea apenas perceptible. En el mar unos delfines saltan juguetones y me dan ganas de unirme a ellos en su juego. Pero no puedo. Miro a mí alrededor. La vista es la misma hacia donde mire. El cielo azul, que cada vez que lo miro me parece más azul, se extiende hacia todos lados como un manto que cae sobre las aguas del mar. El sol, que a estas alturas es lo único que puedo observar además del azul del cielo, me ciega por un breve instante. Llegó la hora. Lo sé. A toda gaviota le llega. Cierro brevemente mis ojos como para tomar valor. Pego las alas a mi cuerpo y me dejo caer pesadamente. Me hundo como una piedra en el océano y veo como unos pocos rayos de sol atraviesan la superficie y se van apagando. Tuve una bueno vida, y no debo quejarme, lo sé. Pero que lindo hubiera sido haber disfrutado mas de aquellas cosas que hoy me parecen insignificantes, aquella cosas que ya extraño…
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